La última vez que fumé (Contando historias)


Un excelente wallpaper de “Cigarro arrepentido”

Estaba en el porche de una casa. Me faltaba la escopeta y la hebra de cualquier planta espigada en la boca. Quizás un sombrero o una camisa a cuadros. Mi perro era todavía un cachorro y acostumbraba a subirse sobre mis piernas y acurrucarse entre mi libro y mis ojos. Yo decía de broma que era un perro lector. Pero no. Se quedaba dormido muy rápido. Y roncaba mientras yo pasaba las hojas y le rozaba en las orejas puntiagudas con el canto de papel.

Me acerqué el cigarro a la boca y el humo envolvió mi lectura. Era verano. Acababa de volver de un misterioso viaje en el que, espiando entre callejuelas árabes, me había fumado 2 paquetes al día. Mi cuerpo había dicho basta ya a la nicotina. Todo me sabía a cigarro. Ensalada de cigarro. Cus cus de cigarro. Sexo de cigarro. Bueno, ya me entendéis.

La última calada no la disfruté. No fue una calada de esas de “este placer me lo dejo”, no. Fue una de esas de “hasta la vista, Baby”, armado con unas gafas de sol al estilo Terminator. Mandé el tabaco a freir espárragos. O al menos, le ordené que dejara de freírme los pulmones.

Ha pasado mucho tiempo de aquello. Al principio tuve que contar los días, luego me felicité por los meses. Recuerdo cuando pasó el primer año. Y ahora, ya ni siquiera sé cuántos años van. Esa es la mejor señal.

Cuando huelo un cigarro en espacios cerrados, me produce una desapacible sensación. Quiero fumar. Es increible, pero quiero fumar con todas mis fuerzas. Sólo la fuerza de una droga (y de las duras) consigue eso: que sigas administrándote muerte a dosis pequeñas y que encima te veas sexy en el espejo.

Dedicado a B.

En el hospital


20140428-153428.jpg Mientras le escucho, escribo por puro placer. O más bien por desahogo, que es lo mismo, al menos para mi. Me dice:

“Estás todo el día pegado al móvil”

Pero en realidad, le escucho. Le escucho todo el rato. Y cada vez que se mueve le pregunto:

“-¿que haces? -naaa. Divertirme.” (Y se ríe)

Está dando pasitos cortos junto a la cama. Ha leído todos los letreros, todos los botes. Se sabe el contenido de todos los frascos, tubos, bolsas y medicinas. Sabe para qué es cada aparato. Sabe lo que se ve desde cada ventana de la planta 5. Lo pregunta todo, como los niños. Ahora está contando cuantos pasos tiene la habitación de ancho. Su cabeza, acostumbrada al Ulises de Joyce y otras lindezas, no para. Cuando era pequeño, encontré entre las páginas de este libro una lista con todos los personajes unidos con flechas que los relacionaban. Exprime los libros. Lo exprime todo. El primer día, cuando no sabía si tenía daños cerebrales por lo que había pasado, repasamos juntos la alineación de barcos de la batalla de Trafalgar. Y la recordaba, con número de cañones incluidos.

“-El Santísima, el Bucentaure, el Victory, el neptuno…”

Sigue (seguimos) dentro de esta habitación azul y blanca. Huele a alcohol y a claveles que trajo mi madre que es muy huertana y muy poeta. Han pasado 7 dias casi desde que María me despertó de madrugada y me dijo “Cariño, tu padre ha tenido un ictus”. No se puede sentir mas claustrofobia, desamparo y rabia que en ese momento. Es como si fuera un rayo lo que te despierta. El ser que te dio la vida casi se muere. Es abrir la puerta y que entre la tempestad rompiéndolo todo. Al final no ha sido un ictus, como nos dijeron en la ambulancia al principio, pero todavía no sabemos lo que ha sido. Y esa incertidumbre nos consume un poco cada hora que pasa. Él, tan fuerte, tan “mi padre”, esta en el hospital por primera vez en su vida, tras 70 primaveras de deporte, vida sana y “no me pongas salsa Maricarmen.” Ironías de esta puta vida.

“- ¿Que miras? -El aire. Hoy está despejado fuera.”

Siempre está mirando fuera. Como si esto fuera una cárcel con mejor comida y cama. Pero el quiere salir: hacer volar su imaginación subiendo una dura montaña. Explorar, descubrir. Los aventureros no están hechos para este pequeño cubículo. En su alma está Colón, Ed Hillary y -yo creo- el que descubrió el fuego. Me dice: “Ahora me voy a dar otra vuelta por aquí.” Y se queda tan ancho. Se sabe ya todas las plantas del hospital. De la cero a la siete. Lo va leyendo todo -carteles, letreros, señales, todo- mientras me lo llevo a andar todos los días. Su mayor triunfo: las ventanas de la septima planta. Es como el pico de aquí. Siempre hacia arriba. A buscar las mejores vistas.

“-Eso es Carrascoy, aquello La pila, eso la panocha, allí Sierra Espuña, aquello es Abanilla, lo de allá, Los Almeces… Recuerdo subir sin agua ni ná”

Se las sabe todas: altitud, dificultad, inicio del sendero, el bar que hay abajo, si subió en verano o en invierno, si vio nieve o una poza de agua. Detalles de montañero. Es una enciclopedia que se resiste a estar guardada en este lugar. Su mirada busca el horizonte siempre. Es como esos perros lobos que corren más y parecen más felices cuando los sueltas en espacios abiertos. Si tenéis perro, lo entenderéis.

“-Si esta noche subo a la Pila y te hago señales con una luz… ¿me veras? (Calcula) -Depende de la luz y de donde te pongas. “

20140428-155556.jpg Ronronea el aire acondicionado. Hemos comprado un pequeño ventilador porque no funciona bien. La silla chirría. Estoy sentado junto a su cama de hospital. Bueno, junto a la silla. No le da la gana usar la cama. Se resiste a tumbarse. Creo que es un acto de rebeldía contra la enfermedad. Contra la vejez y el deterioro. No quiere ser un viejo enfermo, pero no por insensatez, sino porque no lo es.

“-¿por qué no te tumbas? -No me gusta la cama. A cada uno le gusta una cosa. Y a mi no me gusta, ni aquí ni en mi casa.”

Los dos primeros días no pudo mover los brazos. Y antes de ayer me confesó que pensaba que iba a quedarse inmóvil para siempre. Y yo, me quedé en silencio, y después dije algo. No recuerdo qué. Alguna tontería para hacerle sonreír.

“-Si te quedas inmovil te puedo dar collejas y no te vas a poder defender. Asi que cuidao.” (Se ríe)

Y mientras lo decía pensé -ya sabéis como son a veces los hijos- lo que en realidad quería decirle. Y pensé escribirlo para que algún día lo lea: No te preocupes Viejo Lobo. Todavía subirás montañas. Todavía te quedan horizontes que otear y paredes que escalar. Surcarás de nuevo el mar y tendrás tiempo de repasar tu biblioteca entera. De esta sales. En casa, cuando leas esto, dirás (o quizás solo pensarás, porque somos iguales) “Qué jodio eres capullo, hijo mío, que bonito esto que me has escrito” Y es que, aparte de erudito y aventurero, siempre ha sido muy palabrotero. 20140428-170441.jpg

Hemingway comiendo en el Rincón de Pepe de Murcia


“Me ofrecí a pagar lo que había comido, para que Murcia quedara bien con el premio Nobel, y la policía (del franquismo) se presentó en mi local cuatro meses para ver quien le había pagado la comida a aquel “rojo”. 

Son palabras de Raimundo Gonzalez, el creador del “Rincón de Pepe”, ayer en el homenaje que el Club Gourmet de Murcia le dio por toda su trayectoria.

Foto de Raimundo, por Juanchi López cuyo blog podéis consultar aquí.

La persona a la que pagó la comida era Ernest Hemingway.

Es una historia alucinante que nos hace imaginar al barbudo escritor sentado en una de las mesas de Raimundo. Ay! si se pudiera ir hacia atrás en la historia… ¿Quien no desearía estar sentado en esa mesa hablando con él de honor, belleza y mujeres?

Yo ya sabía que Hemingway había pasado por la ciudad de Murcia.  Lo cuenta muy bien en este artículo Antonio Botías, uno de los cronistas de la capital. Según nos cuenta:

“Era una tarde de toros en la Condomina, entre aromas a pasteles de carne, en la Feria de Septiembre, mientras Hemingway firmaba autógrafos.”

Esta foto parece ser de aquel día. Me dicen que es de las pocas que quedan. La podéis ver, por cierto, en una magnífica exposición que hay ahora mismo en Las claras de Murcia. El que sale a su lado es Juan López, el maestro de los foto-periodistas de la Región.

Hemingway estuvo en la ciudad los dias 8,9 y 10 de septiembre de 1959.

En esta instantánea de Isabel Permuy, vemos a Hemingway en la Plaza de Toros de Murcia bebiendo vino de la bota. ¿Alguien reconoce a la gente que está a su alrededor?

Tenía 61 años. Vino con el torero Antonio Ordoñez que era su amigo, e, imagino, colega de juergas.

Junto al torero en 1959 en una piscina de Málaga

Y, por supuesto, vino a los toros. El periodista de la Verdad José Antonio Ganga le hizo una entrevista en la que dijo que le gustaban los “huertos y las flores de Murcia”. Me lo quiero imaginar, tras beberse un buen vino de la tierra, durmiendo la siesta bajo la sombra de algun árbol en la huerta de Murcia.
Según las crónicas de la época, el escritor firmó tantos autógrafos “en servilletas de papel, en abanicos y hasta en bolsos”, cuenta Botías, “que agotó la tinta de su pluma”.

Firmando un autógrafo en Pamplona

De aquella visita, trascendió, y pasó a la historia que a Hemingway le habían robado la cartera con 9000 pesetas. En sus declaraciones  explicando el robo pidió al ladrón que le devolviera la cartera y “que el dinero se lo quede en pago por su destreza”. Un crack este señor.
Yo no se si en aquella época Murcia pretendía ya vivir del turismo (EL Turismo, ese invento español) pero lo que si está claro es que la noticia no fue una buena propaganda nacional. De hecho, el mismísimo Castillo Puche le pidió al Alcalde de Murcia “pidiéndole que le se le regale a E. Hemingway una reproducción, lo más exacta posible de la que PERDIÓ en la plaza de toros de Murcia”.
Ojito con el eufemismo: Perdió.
Por cierto: la billetera apareció.
Pero no era esa la historia que quería contaros de Hemingway en Murcia. Volvamos a Raimundo.
Hemingway apareció por el Rincón para comer en aquella visita en 1959.
¿Como no hacerlo si este era el restaurante más famoso de la ciudad?
Siguiendo la narración de Raimundo, él pensó que era importante que la ciudad (y la Región) mostrara sus mejores galas y, dada la importancia del personaje que se sentaba en su mesa, llamó al Gobernador Civil para invitarle a comer en la mesa junto al famoso escritor. No todos los días tiene uno un Premio Nobel en la ciudad.
Yo no se si nuestro Gobernador Civil leía mucho o no. Pero…  ¿Sabéis cual fue la respuesta que le dieron a Raimundo?
“No nos vamos a juntar con ese rojo”.
Daba igual la literatura que corriese por las venas de aquel barbudo que se paseaba por las calles de Murcia, daba igual cuantos elefantes hubiese abatido, o cuantas botellas de vino hubiese bebido, o cuantas mujeres amado.
Lo importante para tomar la decisión fue la trinchera desde la que contó la guerra, la de los rojos.

Fotografía de Robert Capa en 1936 en la que se ve a Hemingway fumando con tres soldados republicanos.

Así que, al final, el premio Nobel comió sin autoridades -sólo con amigos- en una mesa del Rincón. Si, como dicen los que creen en las psicofonías, la voz queda grabada en el espacio y el tiempo, a mi me encantaría escuchar de qué hablaron aquel día.

Como no hay foto de la comida, aquí os dejo esta brindando con Luis Miguel Dominguín y con Ava Gardner.

Y tras darse -seguro- un buen festín, cuando se iba a marchar, el astro de la literatura fue a pagar.
Y Raimundo no le dejó. Según sus palabras, “Para que Murcia quedara como un buen recuerdo para este señor tan importante pensé que era una buena idea invitarle a comer”. Un grande invitando a manjares de la tierra a otro grande.
Como he desvelado al principio, esta invitación le trajo problemas al bueno de Raimundo. Cuatro meses después, los agentes del franquismo se presentaron en su negocio preguntando quien había invitado a comer a ese rojo. Querían saber quien había pagado la invitación.
Raimundo nunca se lo dijo.
55 años después, tras conocer esta bonita historia, yo, desde aquí, me quito el sombrero ante el que es -y será siempre- nuestro mejor cocinero.

Santa Eugenia, 11 de Marzo


La Gineta, Albacete. 2007.

Se le escapa el autobús. O más bien, se va sin ella. Y yo lo veo. Estoy saliendo con mi coche del área de servicio. No puedo evitar parar y echarle una mano. Le ofrezco venir conmigo hasta Madrid. Tiene unos 50 años. Es rubia, quizás teñida. Ojeras. Humo de tabaco. Se sube al coche apresurada y me da las gracias mil veces. “No sé cómo ha podido pasar, estaba tomando café… y se fueron sin mí”, me dice.

Es de Santa Eugenia, Vallecas, Madrid.

No sé cómo, empezamos a hablar de lo que somos cada uno. Quizás cuando le digo que soy periodista me dice que nunca ha hablado con ninguno y añade: “Tengo muchas historias que contar”.

Al principio no entiendo esta frase.

La mujer es un pergamino milenario que ha permanecido oculto -pero a salvo- tras el derrumbe de una gigantesca pirámide. Hay personas que cuentan historias.

Otras, las contienen y necesitan derramarlas sobre los demás.

Empieza como si nuestro casual encuentro fuera una terapia. Comienza hablando de ella -es profesora y madre en un colegio público del barrio- y me pregunta si conozco la zona. Le cuento que mi tía trabajó en el centro de salud de allí durante años y que varios de mis compañeros de facultad son sus vecinos. “Madrid es un pequeño pueblo”, dice, “quizás nos hayamos visto en el tren”.

Mientras charlamos, algo maligno, horrible, recorre mi espalda.

Me sigue contando cosas. Durante años, entre la gente del barrio -profes y las madres de su centro- se han organizado para hacer “una ruta”. Por turnos, cogen su coche propio y lo convierten en un bus escolar: pasan por las casas donde las otras madres les dejan a sus chavalines y se los llevan al colegio. No sé por qué me esta contando todo esto.

Me dice que ella participa como profe y como madre en la ruta desde hace años. Y que tiene dos hijos. “Nunca había contado esta historia a nadie”, añade.

De repente, siento que no debo preguntarle por ellos.

Sin embargo, ella, que es una gran narradora, me tranquiliza:  “Ellos están bien. Los niños de mi cole están todos bien. Los trenes explotaron lejos. Yo los había recogido a todos e íbamos cantando en el coche. Quité la radio cuando empezaron las noticias. Aquel día llegaron todos a clase en nuestra ruta de padres…”

Suspiro.

“Los que no llegaron fueron sus padres”, termina su frase.