Monstruos


Foto del blog "La parejita de golpe"

Foto del blog “La parejita de golpe”

La salida del colegio no es ruidosa. Debería serlo, son niños. Pero hoy no. Un vapor sucio hace el aire pesado. Mancha.
Hay niños que salen gritando, sí. Pero, rápidamente, cruzan su mirada con el gesto de sus madres y, como por arte de magia, dejan de ser niños.
Hoy no son niños. Hoy -si entendieran lo que pasa, que no lo entienden- correrían por otro motivo. En otra dirección, posiblemente.

El mundo está lleno de monstruos. Cruzarnos por la calle con alguno de ellos, es una cuestión estadística. Ese señor que tienes enfrente en la consulta del dentista puede ser un conocido pederasta de internet. La chica que te saluda en el super quizás mató a su perro a golpes. Y tú no los ves.

Es el “puede” y el “quizás” lo que te volverá loco.

Son sólo dos ejemplos en los que es mejor no pensar. Sólo nos conducen al miedo. Vivir con desconfianza es tan terrible que preferimos engañarnos: pensar que nuestra sociedad es civilizada y la gente pura, como nosotros.

Como nosotros.

¿Qué pasos conducen a un conserje de colegio a insertarse en una red de prostitución de menores? ¿Qué tipo de monstruo se han cruzado esas niñas cada día?

Hace poco me reencontré con unas amigas de hace muchos años. Hablamos de muchas cosas. Por ejemplo,de un adulto que conocimos los tres en aquellos tiempos. Miraba con lascivia insoportable a las chicas. Esperaba a que estuvieran en el patio para, escondido en su monstruosidad, observarlas correr. Alguien le oyó decir alguna vez que le gustaba mirar cómo les botaban los pechos a las niñas más desarrolladas.

No me consta que nunca nadie le dijera nada. Quizás fue cauto, quizás no pasó de eso, quizás fueran imaginaciones nuestras. Nunca sabremos ya si era un monstruo o sólo lo recordamos así.

Y todo esto lo quería contar para hablaros de algo que me pasó a mí: Yo también fui considerado un monstruo una vez. Y eso me hizo reflexionar.

Me ocurrió en un campamento de verano. Yo era el monitor de un grupo grande de críos. Durante una noche de juegos, una de mis niñas se cayó por un pequeño terraplén lleno de zarzas. Se llama Marta y quizás se acuerde. Seguro que se acuerda.

Se le llenó el cuerpo de pinchos y heridas. Tenía en las piernas, los brazos, la espalda. En todos sitios. Junto a otra monitora la llevamos al aseo y le hicimos las pertinentes curas. Para hacerlo, lógicamente, hubo que quitarle la ropa.

La niña estaba de pie, llorando, sin ropa, en medio de un cuarto de baño poco iluminado. En plena noche. Yo estaba agachado, sacándole con unas pinzas las pinchas mientras mi compañera le ponía betadine con un algodón.

Veo que ya habéis adivinado lo que pasó. Se abre la puerta y oigo un grito: “¿Qué pasa aquí?”. El vigilante de seguridad del campamento me miró a los ojos con rabia y vio en mí un monstruo.

Nunca se me olvidará esa mirada.

Alerta contra los monstruos que posiblemente nos cruzamos, sí. Están ahí. De vez en cuando la policía les pilla. Pero cuidado: a veces el miedo nos hace ver más de lo que queremos ver.

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