“La procesión de las Ratas”


Érase una vez un inmenso palacio aderezado con gente de buen vivir y nobles telas rojas y amarillas. Las joyas les orlan las manos. Sus cuellos relucen de brillos arrancados del fondo de la tierra por esforzados mineros. Al contrario que estos picapedreros, los propietarios de este lugar nunca arrastran los pies de hambre. Siempre hay aves doradas por las brasas en su mesa. Siempre hay buenas verduras de la antigua Tarraco encima de la gran tabla. Las colocan veinte lacayos en enormes cuencos de madera tras pasarlas por una crepitante parrilla. Y por supuesto, nunca faltan sobre los bordados manteles adustos vinos del Penedés. Se sirven a escote en una centena de santos griales de distintos tamaños y formas, lavados a mano cada día por una docena de sirvientas que cuchichean historias de principes y princesas.

En la puerta del inmenso palacio, veinte caballos hacen esta mañana la cohorte al Rey. Al mismísimo Rey.  El dueño del palacio, cuyo nombre omitiré pues no le gusta que cuente esta historia, entrelaza los dedos tras la espalda y se muerde los labios de puro nervio. La culpa la tienen las ratas. Aunque no están invitadas aparecerán. Malditas ratas, piensa.

(….)

El Rey se sienta a la mesa y casi no hay tiempo para el primer brindis. Una de las damas chilla y el noble aprieta los puños. Ahí están las malditas ratas corriendo entre la comida. Una mordisquea una hermosa col,  otras dos lo intentan con un muslo de faisán. Pronto son una decena de peludas bolas de asco -gordas como percherones- las que corretean por la mesa entre los grititos nerviosos de las Condesas y algún Conde.

El Rey que -se supone- ha luchado en mil batallas finge que no se asusta. Se levanta de la mesa y, con un complicado tirabuzón de capa, promete no volver a pisar aquel palacio.

(…)

El Noble, atribulado, consulta a ingenieros, batalladores de las cruzadas, médicos, cirujanos y hasta a una curandera que vive junto a las olas del mar. Nadie sabe darle una solución excepto ella. “Aquí tienes un gato que un día fue humano y que un día lo será de nuevo”. Es tan hábil y tan menesteroso el dichoso gato que “podría negociar tu próximo tratado de paz él sólo”, le dice.

(…)

El gato caza porque es gato. Pero la rata escapa porque es rata. Si los gatos cazaran con tanto arte como dicen a las ratas no quedaría ningúna. O viceversa: si fuese verdad que ninguna rata puede ser cazada de lo listas que son, los gatos habrían desaparecido con eso que los monjes que escriben libros llaman “egipcios”. Son las cosas de la vida. Ratas y gatos viven desde hace siglos en un equilibrio mortal que solo los audaces son capaces de trastocar. Y este gato, según la curandera, lo era.

(…)

Piensa el gato: “Visto que corren por todos lados pero siempre se escapan, visto que es imposible acabar con ellas, y visto que nacen más de las que puedo comer, quizás sea yo el que tenga que morir”.

Y entonces se coloca inmóvil, patas arriba, bigotes pochos, sin respiración sobre el frío suelo del palacio. Ahí se queda el gato hasta que las malditas ratas empiezan a acercarse. Se colocan por cientos a su alrededor y comienzan a bailar y a chillar haciendo un inquietante ruido que se cuela por entre las columnas del palacio. Entre risas, entre bailes, entre empujones, las desgraciadas ratas quieren mofarse de su enemigo muerto y hacerle un funeral. Lo colocan sobre un pequeño camastro como el que sirve para transportar a los heridos en las guerras y lo llevan “en procesión” hasta un jardín cercano donde pretenden enterrarlo.

Y en ese instante, entre el jolgorio, el felino -que no estaba muerto sino fingiendo- salta de su improvisado ataud y sorprendiendo a sus enemigas acaba con todas ellas en pocos pero feroces mordiscos. Nunca te rías del que parece estar herido o muerto. Y menos si eres una rata y el muerto es un gato.

FIN

Post Data: Ésta es la historia que se me ha ocurrido escribir tras visitar la bella ciudad de Tarragona y el claustro de su Catedral.

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Allí, entre bellísimos relieves, me fijé en esto.

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Según los historiadores se le llama “La procesión de las ratas”. A través de las manos de un virtuoso cantero, un noble de la zona quiso inmortalizar una historia que posiblemente ocurrió o que tan solo era una leyenda. La que -con licencias- os acabo de contar. Ahí están las ratas y el gato, y la procesión.

Una pequeño trozo de piedra esculpido hace siglos que hoy es el protagonista de este post.

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BOLA EXTRA: Si no habéis estado en Tarragona, os la recomiendo. Ciudad preciosa donde las haya. Si os fascina, como a mí, el arte y los pequeños detalles labrados en la piedra, la Catedral es un lugar de ensueño.

Un comentario en ““La procesión de las Ratas”

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