Una subida, con nieve, a Revolcadores


El macizo de Revolcadores (por encima de los 2000 metros, según las últimas mediciones) o “Sierra seca” es el techo de la Región de Murcia. Está en el municipio de Moratalla. En concreto, aquí:

¿Subimos unas piedritas?

Según wiki, “tradicionalmente se ha considerado que el pico de Revolcadores era el más alto, con 2.027 metros de altura; pero en las mediciones de los últimos mapas del SNIG,  Revolcadores figura con 1.999 m y es una cumbre del mismo macizo, ligeramente más septentrional, la más elevada: Los Obispos, con 2.015 m de altitud”.

Según parece la medición de estos dos picos está llena de polémica en el mundillo cartográfico al más puro estilo Hugh Grant. A mi el altímetro me ha marcado 2022 metros en la cima de los obispos pero habrá que fiarse del SNIG. ¿no? ¿O nos vamos a poner a subir piedras a lo loco?

BOLA EXTRA CINÉFILA AÑADIDA: Si no habéis entendido la última broma, tenéis que ver esta peli.

Yo no lo habría podido subir cargado de piedras, pero todo es ponerse.

No en serio, ¿Cómo se llega?

Para llegar tenéis que ir a Caravaca de la Cruz y seguir la carretera dirección Andalucía para -con paciencia- llegar al desvío de Cañada de la Cruz. Antes, desayunad fuerte como he hecho yo en la venta “Casablanca”. Menudo bocadillo de jamón rico rico que me han preparado.

La zona está llena de picos chulos para subir. Me encanta el noroeste de la región.

¿Por qué se llama revolcadores?

No lo he conseguido averiguar. A ver si alguno de los lectores del blog -curiosos por naturaleza- nos lo cuentan a todos.

Foticos

He disfrutado como un enano subiendo pero sobre todo lo han disfrutado mis acompañantes. Os dejo unas fotos para que veáis la cantidad de nieve que había… la he ido midiendo con la bota. Al inicio de la subida no llegaba ni a la suela, pero después, y dado que he hecho un “fuerapista” he estado en varias zonas donde me subía por encima del gemelo.  El último tramo, lo podéis comprobar en el video que he subido, ha costado porque había mucha nieve.

Kaito, feliz en la nieve.

Kaito, feliz en la nieve.

Esta es la cara que se te pone cuando vas al monte y hay nieve.

Esta es la cara que se te pone cuando vas al monte y hay nieve pero casi no hace frío.

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Carreras y más carreras.

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Primera foto para ver altura de la nieve.

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Engaña, porque el pico no está ahi donde parece. Detrás de esa piedra, todavía sigue.

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En algunas ocasiones, el viento levanta la nieve que se te pega al cuerpo. Se observa -un poco- en esta foto en el gorro.

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¡Carámbanos!

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No he usado una ruta convencional. De hecho, he subido por este barranco. No muy recomendable, aunque divertido.

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Al llegar arriba del barranco, foto para decir “por aquí no se puede bajar”.

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Y los perros… ¡a la carrera!

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Según voy subiendo, hay más nieve.

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Y más…

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Y no encuentro en ningún momento pistas ni caminos. Todo nieve virgen por esta cara.

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Y Kaito, en su salsa. Comiendo nieve, haciendo agujeros y separándose del grupo.

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Aquiles, olisqueando algo bajo la nieve.

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Y de repente, vemos despegar a dos gigantescos buitres. Y nos sobrevuelan durante minutos.

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Aquiles les sigue con la mirada mientras camina sobre la nieve.

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Y Kaito nos muestra el camino hacia la cumbre, pero por una zona donde cada vez hay más nieve.

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Sigue aumentando la capa. Cada vez se me hunden más los pies.

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Cada vez que necesito parar unos segundos los perros bajan a buscarme.

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Aprovecho para hacerme un selfie-postureo-montañitas.

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Y para retratar La Sagra desde lejos.

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En esta zona es donde más cubre la nieve.

En el vídeo es donde mejor se ve.

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La parte más alta está impresionante.

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Y al final, el pico.

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Con el temporizador me echo esta foto. No he conseguido que salieran los dos acompañantes y casi se me cae el móvil con el viento.

Espero que os haya gustado. Yo lo he pasado genial haciendo la subida y este post. Y al bajar, 20 gradazos en Murcia. De locos!

Recuerdos de Jack


Hoy ha corrido el rumor de que Jack Nicholson se ha retirado definitivamente porque sufre Alzheimer. The National Enquirer es el único medio que se ha hecho eco de la noticia y, pronto, medios del mundo la han repicado dándola por cierta. Esto habla por sí solo de lo mal que está el periodismo, pero eso daría para otro post. Sea cierta o no la historia, hoy he pensado que he pasado tanto tiempo a su lado (al lado de su cine, quiero decir, que es como estar a su lado) que me apetecía mandarle este afectuoso post-abrazo. Gracias maestro.

Nunca serás olvidado aunque tú sí nos olvides.

Easy Rider

A lomos de una Harley, en un viaje de drogas, noche y carretera.

Chinatown

Luchando por el agua y por el cuello de camisa mejor planchado.

Alguien voló sobre el nido del cuco

Llamando a la rebelión entre las pastillas de sociedad que nos lobotomizan para que no incordiemos.

El resplandor

Llamando a la puerta de la cordura a hachazos.

El cartero siempre llama dos veces

Usando la harina en cantidades industriales para rebozar un cuerpo de mujer.

Batman

Dejando el listón de maldad tan alto que sólo un nuevo genio pudo alcanzarlo.

Algunos hombres buenos

Explicándonos que no podíamos soportar la verdad.

El honor de los Prizzi

Atreviéndose hasta con la mafia.

Infiltrados

Es un Dios del cine. Guardémosle el respeto que sólo los dioses merecen.

PD: Es el mismo tío que -después de una vida de conquistas- le tiró los trastos a Jennifer Lawrence en directo en la gala de los ABC. Aunque sólo sea por eso, se merece un respeto.

 

Quiero ser camarera


Son las 9 de la mañana. La gente abre gris la puerta. Ojeras. Sueño. Simplezas y complejidades de la vida. Cada uno las suyas.

Las tres camareras de la cafetería, sin embargo, sonríen. “Parecemos tres niñas chicas”, dice una. Hablan en voz baja. Ocultan con cuidado un paquete. “Que lo va a ver, guardalo”, dice otra. Firman en secreto en una hoja. Parecen los preparativos de una revolución silenciosa. Pero no. Corretean por la barra dando saltitos. Disfrutan de su sonrisa. Le dan emoción a esta mañana triste con sus risotadas.

Al otro lado, los clientes observamos junto a nuestros cafes y tostadas. La mañana empieza a ser menos gris. No paran de reir, de hablar entre ellas, en un involuntario y espontáneo gesto de compañerismo y buenas maneras. Muchos -seguro- piensan: “ojalá así en mi oficina”.

Llega la cuarta camarera. Su hijo -cree- tiene varicela y llega seria. El niño no ha ido al colegio y se ha quedado con su madre que tenía que ir a un entierro. El trabajo y la familia. Todo a la vez.

Sin embargo, pronto cambiará la cara y volverán las risas.

Las compañeras le han comprado una tarta sorpresa. La han escondido junto al botiquín de la cafetería. Las oigo decir: “luego le dices que te duele la cabeza, y cuando vaya a por el ibuprofeno… Le cantamos cumpleaños feliz”.

Salgo de la cafeteria. Ahora luce el sol.

La última vez que fumé (Contando historias)


Un excelente wallpaper de “Cigarro arrepentido”

Estaba en el porche de una casa. Me faltaba la escopeta y la hebra de cualquier planta espigada en la boca. Quizás un sombrero o una camisa a cuadros. Mi perro era todavía un cachorro y acostumbraba a subirse sobre mis piernas y acurrucarse entre mi libro y mis ojos. Yo decía de broma que era un perro lector. Pero no. Se quedaba dormido muy rápido. Y roncaba mientras yo pasaba las hojas y le rozaba en las orejas puntiagudas con el canto de papel.

Me acerqué el cigarro a la boca y el humo envolvió mi lectura. Era verano. Acababa de volver de un misterioso viaje en el que, espiando entre callejuelas árabes, me había fumado 2 paquetes al día. Mi cuerpo había dicho basta ya a la nicotina. Todo me sabía a cigarro. Ensalada de cigarro. Cus cus de cigarro. Sexo de cigarro. Bueno, ya me entendéis.

La última calada no la disfruté. No fue una calada de esas de “este placer me lo dejo”, no. Fue una de esas de “hasta la vista, Baby”, armado con unas gafas de sol al estilo Terminator. Mandé el tabaco a freir espárragos. O al menos, le ordené que dejara de freírme los pulmones.

Ha pasado mucho tiempo de aquello. Al principio tuve que contar los días, luego me felicité por los meses. Recuerdo cuando pasó el primer año. Y ahora, ya ni siquiera sé cuántos años van. Esa es la mejor señal.

Cuando huelo un cigarro en espacios cerrados, me produce una desapacible sensación. Quiero fumar. Es increible, pero quiero fumar con todas mis fuerzas. Sólo la fuerza de una droga (y de las duras) consigue eso: que sigas administrándote muerte a dosis pequeñas y que encima te veas sexy en el espejo.

Dedicado a B.