Dos vaginas en el museo


La semana pasada, minutos después de que el museo de Orsay abriera sus puertas, la artista luxemburguesa Deborah de Robertis entró y abrió sus piernas para enseñar su particular “Origen del mundo”

Lo hizo sin autorización.  Delante del archifamoso cuadro de Gustave Courbet.

Estupefacción.  La artista llevaba un vestido corto de lentejuelas doradas. Se sentó, abrió las piernas y, con ayuda de sus manos, mostró su sexo durante varios minutos.

Algunos trabajadores del museo, como se puede ver en un vídeo colgado por la propia artista en internet, se colocaron delante de ella para evitar el escándalo.

Luego la sacaron del lugar.

Ella ha dicho que su obra se llama “Espejo del origen” y que:
 “No refleja el sexo, sino el ojo del sexo, el agujero negro” y añade: “mantuve mi sexo abierto con las dos manos para revelarlo, para mostrar lo que no se ve en el cuadro original. Intento siempre transmitir algo muy puro”.
No sé qué os parecen este tipo de performances. A mí -algunas veces, sólo algunas veces- me generan sorpresa.  Me sacan de la rutina. Y la sorpresa me gusta.
Estamos tan acostumbrados a que los días pasen, uno tras otro, que no nos damos cuenta de que sólo las cosas que nos sorprenden son las que hacen la vida.
Cuando una persona deja de sorprenderte dejas de quererla o de admirarla. Y eso lo llamamos desamor, pero simplemente es falta de sorpresa.  Así, cuando la vida rutinaria que llevamos va pasando sin sorpresas, nos aburrimos.
A mí estas pequeñas cosas me sorprenden y me hacen sentir un poco más vivo. Con eso no quiero decir que me gusten. Ojo que no es lo mismo. Me pueden parecer feas, desagradables, absurdas, innecesarias…. Me pueden parecer muchas cosas. Pero… pensadlo: ¿Que nos saquen-aunque sea para criticarlas- del aletargamiento unos segundos no es ya muy importante?

Estas obras también son creación. Muchos creéis que criticar el arte es cosa de ahora. Esa expresión de “el arte moderno yo no lo entiendo”, seguramente también se dijo bajo la Capilla Sixtina alguna vez. Insisto, pensadlo.

Detrás de estas pequeñas locuras también está el creador. E, incluso, en la burla hacia ellas hay un acto de creación.
Yo me lo paso bien cuando algo me saca de la rutina. Noto las endorfinas de mi cerebro diciendo “Eh, ¡aquí estamos! ¿te acuerdas de nosotras?”. Puedo llegar a perseguir un autobús para darles el placer de apartarse de los automatismos aunque sea un segundo.
Y la prueba de que estas cosas, estos cambios en la línea continua de nuestra vida, son importantes es la siguiente: siempre, como niños, corremos a contarle nuestro descubrimiento a los demás, o le echamos fotos para enseñarlo. Sea bonito o feo, interesante o absurdo (como aquel montón de escombros de Platería que no logré entender) siempre contamos lo que hemos visto. Demostramos nuestra fascinación.
No siempre estamos de acuerdo con los mensajes que nos trasladan, o con la forma violenta de contárnoslos.  Pero eso no importa en esta reflexión: lo que importa es ese cosquilleo que te generan.
Esa sensación de que el paso del tiempo cambia de ritmo. A mí me encanta.
¿Qué os parecen las performances? Espero vuestras opiniones.

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