Un falsificador de billetes “cazado” en Murcia. ¡Mucha atención!


Estoy segundo en la caja de Mercadona. Delante está él. Le miro. Es alto. Tiene el pelo corto y rizado. Duro como la vida. Los ojos oscuros y los brazos fibrosos. Viste bien. Una niña -posiblemente su hija- se mantiene, muy educada, a su lado. No mueve un músculo si no se lo dice su padre. Coge su mano para andar y le mira con la admiración del que está aprendiendo continuamente.
Mi compañero de cola ha comprado una botella de leche, pasta de dientes y un producto de limpieza que no logro reconocer.
Paga con un billete de 20 euros.

La cajera es jóven. Morena. Su pelo parece grapado a la cabeza por el sudor y el turno de ocho horas. Ha dicho cien veces buenas tardes ya. Su puesto es el de un robot. Su consigna parece ser “no cruzar ni una sola palabra con nadie si no es necesario”.

La cajera coge el billete y empieza el baile de suspicacias. Lo mira, lo toca, lo estira, lo estruja, lo hace sonar. Luego lo pasa por la máquina. Dos veces.

Son 15 segundos interminables en los que el honor del comprador se pone en duda. Mi compañero de cola y su hija esperan. Con paciencia. Hechas las comprobaciones, suena la registradora, reciben sus vueltas y se marchan.

Mi turno. Compro un bote desodorante y pago con un billete de 20 euros. También yo. Pero para mi no hay control. Ni los 15 segundos de vergüenza. Nadie me trata como un falsificador de moneda y timbre.
Que curioso.

Como el hecho me llama la atención, me quedo unos segundos más observando lo que hace mientras veo marcharse al “sospechoso” y a su hija.

¿Qué criterios habrá seguido la cajera para revisar los billetes? ¿Qué criterios le impone la empresa?

¿Os he dicho que el padre y su hija son negros?

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Pd: Siento si el título te ha llevado, por error, a leer este post. Si lo has leído entero, gracias.

Un comentario en “Un falsificador de billetes “cazado” en Murcia. ¡Mucha atención!

  1. Una tarde estaba yo deambulando por el supermercado que habían abierto recientemente en mi barrio, indeciso, sin saber qué comprar para la cena y algo distraído comparando precios de aquellos productos que compro con más asiduidad en otros comercios. Al pasar junto a las cajas oigo a la cajera que estaba allí sola telefonear al encargado: “Vigila a ése.” “¡Claro que estoy segura!” “¡A un súper se viene a comprar, y el tío lleva cinco minutos paseando por los pasillos!” Y no, no se refería a mí, que llevaba media hora paseando con un triste brick de zumo en la cesta, sino a un negro que a penas acababa de entrar por la otra puerta.

    En el mismo supermercado, hace mucho menos tiempo, estando yo en la cola para pagar presencié como dos hombres quisieron pagar una compra de setenta céntimos con un billete de quinientos euros. La cajera no daba crédito a lo que veían sus ojos. En principio se negó a aceptar el billete aduciendo que no tenía cambio, pero estos señores se empeñaron en que no tenían nada más pequeño y que si no querían aceptar el billete llamarían a la policía. Al final la cajera llamó al encargado y éste les dijo que él les pagaba la cuenta, que se fueran con su compra y su billete. ¿Sospechoso? Mucho. Muchísimo. Lo sangrante fue escuchar a otros clientes cuchicheando “tiene que ser falso, ¿no ves que son búlgaros de esos?”

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