Santa Eugenia, 11 de Marzo


La Gineta, Albacete. 2007.

Se le escapa el autobús. O más bien, se va sin ella. Y yo lo veo. Estoy saliendo con mi coche del área de servicio. No puedo evitar parar y echarle una mano. Le ofrezco venir conmigo hasta Madrid. Tiene unos 50 años. Es rubia, quizás teñida. Ojeras. Humo de tabaco. Se sube al coche apresurada y me da las gracias mil veces. “No sé cómo ha podido pasar, estaba tomando café… y se fueron sin mí”, me dice.

Es de Santa Eugenia, Vallecas, Madrid.

No sé cómo, empezamos a hablar de lo que somos cada uno. Quizás cuando le digo que soy periodista me dice que nunca ha hablado con ninguno y añade: “Tengo muchas historias que contar”.

Al principio no entiendo esta frase.

La mujer es un pergamino milenario que ha permanecido oculto -pero a salvo- tras el derrumbe de una gigantesca pirámide. Hay personas que cuentan historias.

Otras, las contienen y necesitan derramarlas sobre los demás.

Empieza como si nuestro casual encuentro fuera una terapia. Comienza hablando de ella -es profesora y madre en un colegio público del barrio- y me pregunta si conozco la zona. Le cuento que mi tía trabajó en el centro de salud de allí durante años y que varios de mis compañeros de facultad son sus vecinos. “Madrid es un pequeño pueblo”, dice, “quizás nos hayamos visto en el tren”.

Mientras charlamos, algo maligno, horrible, recorre mi espalda.

Me sigue contando cosas. Durante años, entre la gente del barrio -profes y las madres de su centro- se han organizado para hacer “una ruta”. Por turnos, cogen su coche propio y lo convierten en un bus escolar: pasan por las casas donde las otras madres les dejan a sus chavalines y se los llevan al colegio. No sé por qué me esta contando todo esto.

Me dice que ella participa como profe y como madre en la ruta desde hace años. Y que tiene dos hijos. “Nunca había contado esta historia a nadie”, añade.

De repente, siento que no debo preguntarle por ellos.

Sin embargo, ella, que es una gran narradora, me tranquiliza:  “Ellos están bien. Los niños de mi cole están todos bien. Los trenes explotaron lejos. Yo los había recogido a todos e íbamos cantando en el coche. Quité la radio cuando empezaron las noticias. Aquel día llegaron todos a clase en nuestra ruta de padres…”

Suspiro.

“Los que no llegaron fueron sus padres”, termina su frase.

Un comentario en “Santa Eugenia, 11 de Marzo

  1. Cada vez que me has contado la historia de esa mujer me da un escalofrío.

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