Zetas y Eses (contando historias)


La primera pareja vaga por la calle haciendo zetas.  Serpentean entre la gente parando unos segundos frente a los bares, oficinas, cajeros y todo lugar donde alguien -en virtud de la ley antitabaco- haya salido a fumar a pesar del frío.

La segunda pareja, más bien, hace eses al caminar. Acompaña con regocijo y risotadas, a la salida de un exclusivo restaurante, a unos amigos que han venido de fuera.

A la primera pareja los llamaré Zig y zag.

A la segunda los Thatcher, por el peinado de ella.

Los Zigzag se ríen cada treinta segundos. Van armados con dos finas pitilleras con presunto cristal de “Barosky” (sic) que abren y cierran cada treinta segundos.  A veces cazas noticias sólo por ese pequeño detalle, el que te anima a seguir a alguien para contar su historia. ¿Qué harán con ellas?

Los Thatcher, por su parte, abren y curiosean en un bolsito de mujer entreabierto. La mujer de pelo cardado le dice a su -presumiblemente- marido:  “¡30 euros!” y se ríe a mandíbula batiente como si le hubiera tocado la lotería. Casi saluda al tendido ante la hazaña cometida. El collar de perlas le castañea en el cuello.

Sigo a los Zigzag unos minutos más: Corretean hasta un parterre. Está junto a una oficina de chavales trajeados que parecen ejecutivos. Pienso en que, a pesar de sus “Guccis”, sus nóminas son sólo de Zara.  Los Zigzag los miran, esperan a que acaben de fumar y, como las hienas aguantan a que el león se marche dejando sólo huesos y carne, aguardan con paciencia a que vuelvan a su cubículo.

Mientras tanto, los Thatcher siguen de fiesta. “Se ha equivocado”, les oigo decir. “A ver: ¿Tu cuanto pusiste?”, dice uno. Recapitulan, entre graznidos, como si estuvieran haciendo una declaración de la renta que sale a devolver y… ¡bingo! El camarero se ha equivocado y les ha devuelto treinta euros de más.

Los Zigzag también están felices. Abren sus brillantes pitilleras mágicas y observo que están llenas de cigarros rotos y a medio fumar. Cigarros manchados de pintalabios, cigarros roídos por el fumar nervioso, cigarros entre casi enteros y casi fumados. Tras despejarse el parterre de oficinistas vestidos de falso Gucci, se acercan y recogen del suelo los cigarros a medio fumar. Como si estuvieran recolectando algodón, desechan con mimo los más desgastados y se quedan el resto.

“¡Loli! Aquí hay más: los ricos no saben fumar”.

Los Thatcher no caben en sí de gozo. Han entrado en uno de los restaurantes más caros de Murcia y salen vivos. Van ataviados con visones y puros de a metro porque la vida les sonríe.  Han gastado 100 euros en bebida para cuatro (¡!) y ahora celebran -posiblemente embriagados por esas mismas copas- su graciosa victoria contra el fisco. El camarero se ha equivocado y les ha cobrado sólo 70 euros.

“-¡Ha cobrado sólo 70! Estos camareros nuevos no saben sumar”.

-Yo creo que es porque en su país no hay euro.” 

Y así son dos momentos en la vida de personas diferentes.

Los primeros no tienen nada.

Los segundos lo tienen todo.

Todos quieren más cosas, pero son cosas distintas.

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