Parejas (Contando historias 2)


Para empezar a mirar a una persona en busca de una historia, para que te llegue a interesar beberte sus detalles, tiene que estar haciendo algo llamativo. Hoy al verlos a ellos he sentido el impulso del observador que mira una singularidad, el del periodista que observa algo distinto entre tanta normalidad. He de volver a hacerlo. 

Son cuatro. El primero tiene unos cuarenta años y la voz ronca de alcohol, el segundo apenas veinticinco y lleva los brazos llenos de tatuajes. La tercera y cuarta son sus mujeres: una señora rubia entrada en carnes -y años- y una jovencita con un corte de pelo estrafalario y mechas. Colijo que son sus mujeres porque las sujetan y las besan como ya nadie hace en público. Se abrazan y se entrelazan con exceso y teatralidad mientras caminan por el centro. Todo el mundo les mira.

El cuarteto se cruza con un terceto. Y aquí viene la singularidad que me hace observarlos. El terceto es musical. Son un grupo de  músicos callejeros que tocaban en puntos separados de la ciudad y que al final se han juntado para interpretar piezas clásicas a su manera. Ningún melómano diría que su música está bien interpretada, pero suenan a calle, y eso es suficiente.

El cuarteto mira al terceto y decide parar por orden del hombre mayor que se detiene al grito de “Socio, tócanos algo romántico.” La pareja adulta se abraza y se besa y los jóvenes imitan la pose. Y así, abrazados y dándose muestras de cariño permanecen durante unos interminables minutos mientras la música inunda la plaza y las sonrisas de los viandantes se hacen evidentes.  La mujer desliza su mano por el cuello del hombre, la niña se aprieta contra la cintura de su niño, y los músicos ejecutan un coherente, resumido y polifónico “Ave María” de Schubert.

Termina el tema. El cuarteto aplaude y el hombre mayor, con una sonrisa de oreja a oreja tras el magreo, se gira y dice: “Qué tema más guapo, eh!”. Ningún crítico musical, en la historia, había usado esa expresión para referirse al bueno de Franz.

El cuarteto reanuda su camino sin dejar ni un sólo euro en la cesta de los músicos. Uno de ellos murmura entre dientes lo que supongo es alguna copla tradicional de la Europa del este. U otra cosa.

Y cuando se marchan, les sigo unos segundos más para verles caminar abrazados como ya nadie hace y entender toda la historia completa. Noto que falta un detalle.

Mientras se alejan acaramelados, la pareja joven se para y se besa, saltándose todos los excesos anteriores, en el centro de la calle. Es un beso de película de viernes por la noche. Durante unos segundo el tiempo se para a su alrededor y no oyen nada. Sólo su amor.

El hombre mayor les interrumpe y le da sentido a esta historia: “Venga gente, no os pareis más, que tenemos que llegar a Cruz Roja a ver a que hora reparten la comida.”

 

 

 

5 comentarios en “Parejas (Contando historias 2)

  1. Que genial, que fácil haces imaginar estas historias…

  2. Sigue escribiendo lo que ves…
    Sin palabras excesivas, sin giros ni imágenes retoricas, haces que se vea lo que cuentas. Al menos así lo he visto yo.
    Hay amor en lo que narras y al final ese giro inesperado, le da matiz de relato.
    Muy bien Javier Ruiz
    Besicos salinos, desde aquí, dónde tú sabes.

  3. Una escena muy bien contada, y muy verosímil en los tiempos que corren. Con tu permiso, yo me la he imaginado en Trapería, y con los músicos habituales de esta calle.

    • Ha sido exactamente en la plaza de la cruz.. en dirección a Jesús abandonado. Y los músicos son los que conoceis… los que se ponen siempre ahí.

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