Camarera (Contando historias 1)


>NOTA: Inauguro con este relato la sección “contando historias” en la que quiero dejaros fotografías escritas de personas o situaciones que a veces me paro a mirar con el mayor detenimiento posible, absorbiendo todos los detalles.  
 

Todos los días me saluda mientras dos decenas de ojos la devoran. Los míos también. No nos engañemos, mentiría si no lo admitiera. Sin embargo, aunque no se si lo consigo, intento mirarla con más discreción que los que acompañan sus miradas con bufidos y relinchos de masculinidad.

Ella tampoco se esconde. ¿Por qué tendría que hacerlo?

Su escote es jóven y generoso con el visitante. Sus piernas, gruesas pero esbeltas, apenas las tapa su falta de falda. (Me gustó como sonaba esa expresión y la apunté en una servilleta) Sus ojos son oscuros y su acento sitúa el epicentro de su vida en Puente tocinos o similar.  Le gusta apoyarse en la barra formando un ángulo de 70 grados con el cuerpo y dejando caer su melena morena por los hombros descubiertos. Deja que la gravedad actúe. Oigo a dos albañiles decir “pido las cosas en dos veces para que tenga que venir dos veces y así la veo.”

No diré su nombre para no identificarla más. Sólo diré que tiene uno de esos nombres artísticos que no es artístico. Su nombre tiene muchas eses que la gente sisea con relajo para pedirle los cafés. Algún atrevido que no sabe su nombre le dice “guapa, ponte un cafetico.” Y ella sonríe y se lo pone.

Hoy la he visto por la calle por primera vez. Y es curioso y digno de estudiar el efecto que tiene el bar sobre ella. Fuera de la barra no llama tanto la atención. Es una niña normal a la que no miraría al cruzarmela. Creo que la postura de los 70 grados y el busto de mesonera son la clave. Como la mayoría de los hombres, soy primario hasta para eso.

La he saludado y me ha dicho “vengo del mercao y del banco, de pagar las facturas”. Hasta su voz parecía distinta. Es la barra lo que la convierte en camarera atractiva y no su propio atractivo que se diluye. Es como si la hubiera visto sin tacones. Ha sido ahí cuando he pensado en escribir esto bajo el título -quizás demasiado largo- “los poderes de la barra de un bar”.

A algunos se nos olvida que la gente que nos sirve son personas como nosotros. Gente que tiene al banco llamando al timbre -con el ring ring insistente de la crisis- e hijos que alimentar. Alguno de los que “liga” con ella -por llamar ligar a gritarle guapa desde el otro lado de la barra- huiría nadando estilo espalda hasta Gibraltar si supiera que la chica tiene un nene al que alimentar y que lo cría sola en busca de un compañero de viaje.

Eso es lo que he averiguado al verla hoy fuera de la barra. Que es una chica normal. Que tiene un hijo que nació con ella soltera tras un despiste. Que tiene que pagar las facturas como yo. La morena a la que todos miran es una mamá que soporta los silbos gomeros de sus machotes clientes para que la cuenta no se quede a cero.

Y yo, no se por qué, mañana no la miraré de la misma manera.

Escuchando: Los Planetas – Paseo por el parque. 

 

4 comentarios en “Camarera (Contando historias 1)

  1. “busto de mesonera” suena muy bien, un relato que podría haber hecho J.J. Millás e ir en la última página de un viernes en El País.
    No puedo leerte siempre, pero te diré que cada día escribes mejor.

    Besicos salinos, desde aquí donde tú sabes.

  2. La diferencia entre la gente normal y la extraordinaria está, para mi gusto, en estas cosas… los que observan y ven la realidad de una persona más allá de un trabajo, un traje, o incluso una voz; esas personas que sí saben de empatía y educación. Me encanta!

    Besos Javi!

    Fdo: una pelirroja

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